«¿Te ayudo?» qué hacer y qué no cuando tratamos con una persona con discapacidad
¿Qué hacer?
Preguntar antes de actuar
Respetar a la persona
Es clave considerar y tener en cuenta que nos vinculamos con personas. Por lo tanto la naturalidad y espontaneidad es muy importante para mantener y construir la relación lo más empática posible. Así, el respeto hacia sus formas y características se reflejará en las actitudes, por ejemplo, en la predisposición para escuchar lo que tiene para decir (sin cuestionamientos), disponer de apoyos, requerir de su opinión y tenerla en cuenta en actividades así como respetar sus decisiones.
La mayoría de las veces la gente se dirige al acompañante, asistente o familiar de la persona con discapacidad en lugar de hablarle a la propia persona. Además de ser una actitud discriminatoria resulta ser una forma de violencia en tanto se concibe a la persona desde la falla o falencia y no como sujeto de derechos.
Por otro lado, es crucial fomentar sus capacidades y fortalezas e incentivarlas a través de las actitudes y diálogos que mantenemos. Por ejemplo, focalizando en lo que SI puede hacer la persona en lugar de lo que no puede lograr o las debilidades.
Utilizar los términos correctos
Las personas con discapacidad no son “discapacitados/as”. Este es un término que cosifica y segrega ya que pone el énfasis en la condición. Mientras que el concepto adecuado es “Persona con Discapacidad” aunque siempre es preferible optar referirnos primero por el nombre.
Es importante derribar términos erróneos como “Persona con capacidades diferentes/especiales” (todos las tenemos), no vidente (reemplazarlo por persona ciega) y, por otro lado, anular palabras como “padece/sufre” o “normal”, “un problema” en tanto suelen promover la estigmatización y exclusión.
Lo que NO debemos hacer
No imponer la ayuda ni invadir
Es muy importante no obligar o forzar a que la persona con discapacidad reciba la ayuda y permitir su decisión voluntaria sin presuponer que la requiere. No siempre la persona con discapacidad necesita de colaboración (o, por ejemplo, puede requerir de más tiempo para realizar la tarea). De este modo, promovemos su autonomía e independencia evitando una perspectiva asistencialista en el trato.
Por otro lado, una actitud incorrecta y hasta violenta es tocar a la persona o a sus apoyos sin su consentimiento. Así como solemos hacerlo con cualquier otra persona, es vital que podamos respetar los espacios y apoyos de la persona con discapacidad en tanto son personales y forman parte de su privacidad.
No infantilizar ni abordar desde la lástima
Es incorrecto e inadecuado concebir a una persona con discapacidad como “un niño/a” y hasta hablarle de una manera infantil (por ejemplo utilizando diminutivos), esto es, como alguien que no participa de distintos asuntos de la vida cotidiana, no consume, no trabaja, no mantiene relaciones sexuales. Es fundamental evitar expresiones de sorpresa cuando una persona con discapacidad nos cuenta su vida cotidiana, una admiración excesiva o realizar preguntas incómodas que no le haríamos a otras personas. Tampoco es adecuado promover la pena y compasión asumiendo que la discapacidad es una desgracia. Esta generalización resulta vaga e incierta y no focaliza en el potencial de la persona. Generalmente imaginamos a las personas con discapacidad: dependientes, asexuadas, vulnerables y débiles. Sin embargo, esta es una perspectiva que lejos de encaminarnos hacia una plena inclusión e igualdad de oportunidades, atrasa y perpetúa aún más los tantos prejuicios instalados en torno a las personas con discapacidad.
No recurrir a prejuicios o eufemismos
Incluso inconscientemente, se suelen reproducir muchas creencias, mitos y estereotipos que se suelen plasmar en las relaciones. Tal es el caso de actuar como si la persona con discapacidad viviera en otro mundo o fuera “especial”. También se suele asumir a la discapacidad como una “enfermedad” y de ahí que se propicie el trato de una manera condescendiente. Así, es común dudar de las capacidades y fortalezas de una persona con discapacidad, por ejemplo, a la hora de su inclusión laboral. Las dudas también se encuentran a la hora de pensar en su maternidad o paternidad e incluso la pareja (por ejemplo cuando me dijeron “¿tu pareja también tiene discapacidad no?”). Y por otra parte existe una idea generalizada de que la persona con discapacidad siempre es bondadosa y buena ( de ahí que usemos el término “angelito” para referirnos a las personas con síndrome de down).
Interactuar con una persona con discapacidad no tiene que ser un desafío. O al menos no debería si consideramos que detrás de esto solamente debe existir empatía, solidaridad y respeto. Despojarnos de prejuicios y temores en este terreno pareciera ser el camino hacia la naturalización de este tipo de relaciones que, sin duda, colaborarán con una sociedad más inclusiva donde todas las personas sean bienvenidas.
